Hoy me levanté con ganas de ser turista. Busqué mi hucha y la rompí en los mil pedazos de la miseria y el poco a poco.
Mi hucha no es un cerdito modelo, de esos tan sonrosados que mueven el celo vegetariano y hacen considerar por unos segundos acabar el resto de la existencia rumiando el marabú de los campos desolados y desnutridos. No. Mi hucha es una vieja tinaja heredada con el monstruo que nos sirve de hogar, una de esas tinajas que guardaban el agua clara de los filtros que reposaban sobre su boca abierta al cielo, como un pez que aspira a ganarse la otra vida cuando lo sacan del mar mientras su eslabón inmediato en la cadena alimenticia le rasga las entrañas para sacarle el anzuelo que desprestigió su hábitat.
