La incongruencia de los totalitarismos es, precisamente, el absoluto que pretenden y el ridículo que procuran. De esta manera, la bebida puede convertirse en una especie de termómetro social.
En el principio fue la cerveza, y cuando Dios separó
las aguas, en el medio colocó una fábrica de cerveza. Ese fue el motivo de la
discordia primigenia, el que llevó a nuestros abuelos a pasar condenados el
resto de sus vidas, y a pasarle la condena del placer etílico a nuestras vidas.
La mitología varía según el gusto y la latitud, y la cerveza puede ser
sustituida, sin afectar la historia, por otros licores. Al fin y al cabo, el
infierno es el ayuno y la abstinencia forzados.