Hoy llegué al nirvana. Fue sencillo. Me había tomado par de cervezas y la compresión de la médula hizo el resto. Bebí con la codicia propia de quien teme que el agua se le fugue en espejismos.
Los espejismos fueron las puertas de los baños. Y sobre las puertas, las señales imprescindibles para obtener la certeza de que se trataba de baños y no de almacenes u oficinas. No estaba tan borracho como para confundir los muñequitos. Uno tenía falda triangular. Ese, obviamente y a pesar de las modas unisex, era el baño de las mujeres. El otro… El otro, por decantación, era el baño de los hombres. De cualquier manera, ambas puertas habían sido fabricadas por la misma polución de aluminio derretido. Podrían decirse gemelas monocigóticas, hijas perfectas de la misma placenta de bajo costo.
